Calvia | 08 Desembre, 2006 11:47
Un escrit del Ramón Aguiló a El Mundo, parodia?
Ocurrió en la reunión convocada por Matas en la sala de reuniones del Govern balear con sus más próximos colaboradores. Estaban Mabel Cabrer, J.M. Rodríguez, Miquel Ramis, R. Estaràs y Flaquer. Hacía ya un rato que debatían cómo afrontar lo que se les estaba viniendo encima a pocos meses de las elecciones. Entonces, ¡qué visión más sobrecogedora! Una mano surgió de la nada, suspendida en el aire y empezó a escribir en la pared blanca un enigmático mensaje: Bitel, Bitel, Mapau, Ántrax. Un Matas pálido y desencajado no atinaba más que a agitar espasmódicamente sus manos de finos dedos en demanda de una explicación, mientras los consejeros se revolvían convulsos.
El fenómeno fue tan amenazador -tuvieron que llamar al 112 para atender a Cabrer, que empezó a aullar de dolor-, que convocaron inmediatamente al abogado Perera, -sabe latín-, para intentar descifrar el mensaje. No vio éste ninguna relación entre sintagmas de antiguos escándalos, con repeticiones a modo de salmodias, con el nombre de un conocido agente infeccioso que puede ser mortal y que causó gran alarma hace unos años en Estados Unidos. Llamaron al radioestesista Bartolomé Martí al Consolat de Mar, que afirmó estar en presencia de una manifestación telúrica, que anunciaba la existencia de aguas fétidas pugnando por salir a la superficie justo debajo del edificio gubernamental. El magnetismo subyacente a tal manifestación energética, producía efectos paranormales como el de la escritura en la pared, al interactuar con las obsesiones que atormentaban a los presentes. No había sentido. Ansiosos de una interpretación significativa, reclamaron la presencia de Antoni Serra, hombre perspicaz, escritor de novelas negras, aficionado a la intriga y a hurgar en lo más negro del pozo humano, que recientemente había abierto un despacho de investigación en los aledaños de su refugio de sa Cabaneta. Ejercer de investigador a ratos libres era el único afán que le permitía desconectar de sus múltiples quehaceres literarios y domésticos.
Fue providencial la presencia de Serra en El último jueves de la librería Literanta, adonde había acudido tocado con su proverbial sombrero -duerme con él, como si hubiera abrigado la calva de Nabokov-, para presentar el último libro de un joven poeta, Planas -ahora, los jóvenes son hombres de cuarenta años-. Allí, de forma desganada se demoró, asistiendo a una performance de otros jovencísimos poetas que ofrecían una recreación entre metafísica, alegórica y desvergonzada del Tenorio. Cuando finalizaba la representación y quizá motivados por una especial atmósfera de fraternidad, los jóvenes poetas y actores comenzaron a emitir, como mediums en trance, unos sonidos guturales que progresivamente fueron convirtiéndose en expresiones audibles y sonoramente poderosas tales como: «¡Socorro! ¡Mallorca! ¡Vienen los 101 Jàumatas! ¡Matax, Matax! ¡Ántrax! ¡Ántrax!» Ni que decir tiene que tales paroxismos en jóvenes poetas fueron interpretados inmediatamente como la función más trascendente a ellos asignada, transmitir el rayo de Apolo a los mortales, como en día de fiesta, como en día sagrado. Serra también fue tocado por el dios.
Subía Serra cansinamente los hermosos peldaños que conducen al Sancta Sanctórum del Consolat, no en vano sobrepasó ya los sesenta, meditando en lo que diría minutos más tarde al presidente. Que el destino había numerado los días de su mandato, y el tiempo se había agotado. No sólo para él, también para su fiel Rodríguez. Que había sido pesado en la balanza y hallado deficiente. Que su poder había sido dividido y dado a sus enemigos, socialistas y nacionalistas. Que todo arrancaba de Bitel y Mapau y había culminado en corrupción generalizada, en una cima de oprobio llamada Andratx, que, como el bacilo infeccioso ántrax, anegaba con ciénagas purulentas el espacio sagrado que le fue concedido gobernar. Así, tal cual se lo diría, sin quitarse el sombrero, bregando con la maldita erre familiar, que, a fin de cuentas, era cien veces más tolerable que la pija y algo tontorrona ele de ese prócer atildado. ¡Andrrratx, coño! Se dijo. Allá arriba, en lo alto de la escalera, ante la semiabierta puerta lacada, le esperaba Eduard, el veterano jefe de protocolo, que, con sonrisa afectada, le dijo: «Sea bienvenido, señor Serra, el Muy Honorable Presidente le está esperando».
Calvià i Calvianers ;-))
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